Humildad que restaura, orgullo que destruye
En Isaías 14:24 y los capítulos 15–16 vemos una verdad firme: Dios es soberano. Lo que Él determina, se cumple. Nada escapa de su control. Y aun en medio del juicio, su corazón sigue siendo de amor, porque Dios no desea destruir, sino restaurar.
La Biblia nos recuerda que nadie puede salvarse a sí mismo. Necesitamos un Salvador. Y aun cuando hay juicio, siempre hay esperanza, porque Dios sigue buscando al perdido y dando oportunidades para arrepentirse.
El problema no está en lo que tenemos, sino en cómo está nuestro corazón. El orgullo, la autosuficiencia y la altivez nos alejan de Dios. Pero el que se humilla, es levantado.
Jesús es el ejemplo perfecto: siendo Dios, se humilló. Seguirlo no es solo creer en Él, es decidir vivir como Él.
Cuando no sepas qué hacer, recuerda esto: Dios sigue en su trono. No ha perdido el control.
Si Dios ya te bendijo, nadie puede maldecirte.
Y si atraviesas un tiempo difícil, no te alejes… corre hacia Él.
Dios no disfruta el juicio, le duele. Por eso da gracia, tiempo y oportunidad para volver a Él.
Al final, todo se resume en una decisión diaria:
¿Vas a edificar o vas a destruir?
Porque amar no es solo un sentimiento…
es una decisión constante.
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