El trono siempre permanece firme
A veces, las circunstancias a nuestro alrededor nos hacen sentir que perdemos el piso. Isaías experimentó algo parecido cuando murió el rey Uzías. Había vacío de poder, incertidumbre y temor en la nación.
Pero justamente en medio de esa crisis, Dios le concede a Isaías una de las visiones más gloriosas de toda la Escritura: el verdadero Rey sentado en Su trono. Aunque los tronos terrenales caen, el trono de Dios permanece firme para siempre.
En los capítulos anteriores, Isaías pronunciaba “ayes” sobre los demás. Sin embargo, al contemplar la santidad y la gloria de Dios, su perspectiva cambia completamente y ahora el clamor es personal:
📖 “¡Ay de mí! que soy hombre de labios inmundos.”
👉 Cuando realmente vemos a Dios, también comenzamos a ver nuestra propia condición. Reconocemos nuestro pecado y entendemos que necesitamos desesperadamente un Salvador.
Lo maravilloso es que Dios no deja a Isaías en su quebranto. Su arrepentimiento activa la gracia de Dios. Un carbón encendido del altar toca sus labios, su culpa es quitada y su pecado es limpio.
Este acto apunta directamente a la obra de Cristo, a Su sangre derramada, que hoy nos da acceso al Padre, nos limpia y nos restaura.
La respuesta de Isaías no nace del miedo, sino de un corazón agradecido y perdonado:
📖 “Heme aquí, envíame a mí.”
✨ Dios muchas veces permite lo que aborrece —el dolor, la prueba, la pérdida— para producir lo que ama: nuestro corazón, nuestra santidad y nuestra comunión con Él.
Hoy Dios sigue llamando.
Deja que Él te limpie en el altar y dispone tu corazón para decir:
Señor, heme aquí.
