Salvos por gracia, no por obras
La salvación no es algo con lo que nacemos, es un momento específico en nuestra vida. No nacimos cristianos, nacimos pecadores. Jesús fue claro: “es necesario nacer de nuevo” para ver el reino de Dios. La salvación ocurre cuando dejamos de confiar en nosotros mismos y ponemos toda nuestra confianza en la obra perfecta de Jesucristo en la cruz.
Las obras no nos salvan, pero sí caminan junto con la salvación.
No hacemos cosas para ser salvos; hacemos cosas porque ya somos salvos.
Por eso, la pregunta más importante no es: ¿qué haces?
Sino: ¿quién eres delante de Dios?
Y después de eso: Señor, ¿qué quieres de mí hoy?
La salvación es el momento en el que entendemos que ya le pertenecemos a Dios. Si estabas en una búsqueda espiritual, ahí termina, porque en el evangelio el que brilla no somos nosotros: Dios se lleva toda la gloria. Él es quien llama, Él es quien escoge, y este evangelio es para todos.
Nuestra tarea ahora es aprender a poner los ojos en Jesús.
Para Dios es más importante la persona que el ministerio. Todo es un proceso de preparación. El evangelio transforma por completo, como lo hizo con Pablo, quien comprendió profundamente la gracia de Dios.
Nuestra carne está acostumbrada a las obras, pero Dios nos llama a vivir por gracia. Muchas veces olvidamos esa gracia y dejamos de extenderla a otros. No podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos a las personas que sí vemos. La iglesia no puede separarse de su cuerpo.
Hoy Dios nos invita a descansar en Su gracia, a relacionarnos con Él no por lo que hacemos, sino por lo que Cristo ya hizo.
Vivir por obras es cansado.
Vivir por gracia trae descanso.
Suelta todo hoy y depende completamente de la gracia de Dios.
